Entré en el Rainbow. Que en Tokio es mucho mas chico que lo que se me podía ocurrir.
Jack&Coke fue lo que elegí. O como se llamaba en la distante Argentina: Whiskola.
No había prestado demasiada atención al lugar, ni a la gente, que después de un rato comenzaban a parecerse unos a otros. Salvo ella…
Semovía botellas y cocteleras con la misma gracia con la que bailaba, sonreía, y obligaba a que todos los ojos se sintieran llevados a los suyos, profundos, vivaces, llenos de nostalgia y ternura. Yo no fui la excepción. Me sentía nublado, abrumado por esa mujer… y debía hacer algo al respecto.
Pero no me apresuré. Jugué pool un rato con mi buen amigo Choi, gané y perdí de igual manera. Pero no podía, me distraía, me llamaba, hacía una inspección del lugar y me parecía que sus ojos se detenían en mí. Tal vez fuera mi imaginación, pero podía jurar que veníamos de un lugar común. Y eso me impactaba, me obligaba a querer descubrir que se escondía detrás de esa mirada, de esa sonrisa.
Esperé a que la gente empezara a regresar a donde fuera que debieran regresar. Y por fin pedí el último trago de la noche, esperando obtener algunas respuestas.
Sucedió.
No voy a contar como lo hice, pero descubrí muchas cosas esa noche, sobre mi, sobre ella, sobre el pasado y por sobre todas las cosas: sobre el futuro. Mi futuro, su futuro…. o nuestro?
Las vueltas a casa siempre me gustaron, y esa no fue menos. Mientras todos pedaleaban a sus oficinas, yo no podía quitarme de la mente la imagen de su tatoo. Ese gatito negro que me miró toda la noche, que me pedía quedarme. O sus gafas rojas como la sangre, en la mesita , al lado de las mías….
Sentí por primera vez desde que había llegado, como Japón me abrazaba y me hacia suyo…. Y no estaba tan mal...
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