Yo creía firmemente que Carla nunca se iba a enterar de lo que representaba para mi.
O mejor: que no se daba cuenta.
Lo cual para mí era hiriente. Pero también estaba completamente acostumbrado con ella. El desprecio formaba parte de nuestra relación, y no solo de su lado, sino que muchas veces yo también la despreciaba, la odiaba.
Esa tarde caminamos como nunca lo habíamos hecho, con el sol en la cara, charlando y riendo. Y fue como salir de una opresora nube, encontrarla apoyada en una pared….esperándome.
El frio que corría por nuestras bocas y manos, tan real como lo amargo del chocolate, ese que de tan amargo hace llorar, era el contrapunto perfecto para el calor que hacía. Buenos Aires definitivamente no era ni New York ni Japón, pero nos abrazaba, nos contenía, o al menos eso creía yo….
La vi caminando sola, alejándose, como ya había sucedido antes, y como seguro volvería a suceder. Pero eso formaba parte de nuestra obra. En la que solo éramos dos los protagonistas, en la que la música nos llevaba a razones cálidas, en la que la llovizna nos obligaba a ponernos capucha y caminar el costado de un bosque para refugiarnos en un micro.
Los finales no son lo que más me gusta contarles, sobre todo porque con ella siempre hay un después. Pero la consistencia de los momentos vividos, es exactamente lo contrario al agua tibia en la pava de un mate, lo contrario a la fría espalda alejándose…. Y los finales nunca son finales, son tibios besos que dicen cosas, parpadeos del destino que de vez en cuando mira para mi lado… justamente cuando me deshago en ruegos, clamor y rezos… solo para obtener el eterno jueves.
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