Tal vez era hora de mostrar otra parte suya, esa parte que nadie puede describir, esa parte tal vez oculta, y tan oculta como predecible.Tal vez las cosas ya se tornaban obvias y el dolor era banal.
Entonces todo dejo de ser divino, todo dejo de ser perfecto y paso a ser asquerosa y hermosamente humano, se le gastó esa vida de poema que lo mantenía vivo, esa cosa de las posibilidades de los juegos de los otros, en nosotros. Y si bien yo nunca me había entregado del todo a ese juego del que uno sale como poco en mil pedazos, él, Octavio, recién hoy se lo sacaba de los ojos y me reconocía que sabía que yo nunca había creído del todo en esas posibilidades.
Durmió hasta más no poder y cuando despertó, y aun estaba en las escalinatas, lloró. Se sintió extraño. Tenía la mirada como chorreándole, ya me estaba abandonando, la cara cada vez más normal y los barquitos ya por los últimos escalones.
Nadie pensaba que fuera a morir, todos creíamos que resistiría un tiempo más como siempre lo había hecho. Pero esta vez sobrepasados y hasta culposos, nos sentimos vacíos. Había muerto del todo, había perdido aquello que parecía generar adentro suyo a suerte de fotosíntesis; todos esos símbolos, toda esa vida de poema.
Me acerqué, lo abracé y lo llame por su nombre - Octavio! - mientras lo lloraba, mientras entendía que eso no era ni Yokosuka, ni una fiesta, ni una cama. Mientras la sal y el mar nos llenaban de ese implacable e inconfundible gris japonés.
No volvió a ser él nunca más…
No volvió nunca más…
Hoy me acordaba que hace mucho que no te recuerdo...
Hoy despues de mucho pensé que ya no te pienso...
Hoy vi a la distancia el tiempo en que te veia...
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