
A él lo vi primero, desde lejos... venía caminando, tambaleándose.
A pesar de que era de día, traía en la mano una Miller a la mitad... lo identifique inmediatamente. Tenia barba, como siempre y cara de mal dormido, de “no dormido”. Era como el decía siempre: No cambio aunque me pida Dios.
Lo pensé durante un buen rato. Me quedé parado recordando tantas noches juntos, tantos escenarios, gritos, viajes...
La playa filmada en un dia nublado, me recordaba la inocencia de la adolescencia, la pureza de nunca haber sido herido. Eso que ya no teníamos ni él ni yo. Y me parecía justo. La vida se lleva lo bueno de uno a muy temprana edad, después queda solo el cinismo de la madurez, el darse cuenta de las cosas, las buenas y sobre todo las malas.
Me hundí en años, en nubes que me llevaban a otros tiempos, a otras caras, otros colores... Ni siquiera Japón luciría de la misma extraordinaria manera en un día tan nublado, con tanto frío. Pero lo seguíamos prefiriendo a pesar de todo, de todos y todas. Compartíamos demasiadas cosas. Por eso la gente a menudo nos confundía. Y a mí no me molestaba, pero de vez en cuando lo odiaba, por ser tan hijo de puta, y ser tan increíblemente bueno a veces.
Cuando me decidí a hablarle nos separaban solo 10 metros. Pero de repente el tiempo se detuvo. Estaba como si le hubieran metido un balazo en el pecho. Quieto, con los ojos bien abiertos, erguido, sin poder decir palabra: era Octavio, sin dudas. Seguí su mirada... y Dios quiso que yo también la viera...
Ella venía por la calle, caminando. Alegre como siempre, sonriente desde su boca, nariz, ojos. Nada la detenía. Bocinas y aviones no aplacarían la música que salía de su cuerpo. Se movía entre los autos con el desprejuicio de quien no lleva peso sobre la espalda. Pero él y yo sabíamos que algo cargaba. Nadie sabía bien qué. Ella nunca nos lo mostró. Y digo “nos” porque yo también la conocí. No como él, pero la conocí en algún momento. Carla se nos acercaba, y creo que ni el ni yo sabíamos cómo reaccionar.
Que se dirían, de que hablarían, recordarían, reirían, llorarían por lo perdido? Nadie se animaba siquiera a imaginarlo. Yo tampoco, obviamente.
Pero el momento llegó. Me acerqué rápido, pero ni él ni ella lo notaron.
Se miraron, y todo por un segundo me parecía que volvía a ser como antes. Me equivoqué...
Bronca, risa, ruido, mar, ilusiones, lágrimas, fuego, deseos, música, silencio, luz, destino... y finalmente la realidad:
Ni ella era ya Carla, ni el Octavio. Eran solo dos personas cruzando una mirada en una calle donde nadie extraña a nadie, en el día mas nublado y frío que puede haber.
Solo eso...
Awww ♥
ResponderEliminartriste